El dolor de la guerra en Ucrania se mide también en cifras que estremecen: más de 1.200 personas han muerto o resultado heridas desde 2022 por el uso de bombas de racimo, según un informe del Observatorio de Minas Terrestres.
Este armamento, prohibido por más de 100 países debido a su capacidad de dispersar múltiples explosivos en áreas extensas, ha sido utilizado tanto por las fuerzas rusas como ucranianas. El organismo advierte que su despliegue representa un “retroceso preocupante” en los esfuerzos internacionales por eliminar estas armas, cuyo impacto se prolonga mucho más allá del campo de batalla.
Las bombas de racimo no distinguen entre soldados y civiles: una vez caen, muchos de sus submuniciones no explotan de inmediato, quedando ocultas en el terreno como trampas mortales para niños, campesinos y familias que intentan rehacer sus vidas.

Organizaciones humanitarias insisten en que, además de detener su uso, se necesitan planes urgentes de limpieza y apoyo a las víctimas, porque cada día que pasa aumenta el riesgo para quienes transitan zonas contaminadas por estos restos explosivos.
El informe subraya que el sufrimiento humano está en el centro de este debate: no se trata solo de estadísticas, sino de vidas truncadas y comunidades que cargan con heridas físicas y emocionales imposibles de borrar.


