El agua con gas puede ser una alternativa útil para quienes buscan reducir el consumo de gaseosas, jugos azucarados o bebidas calóricas. Sin embargo, la evidencia científica no demuestra que, por sí sola, produzca una pérdida de peso significativa.
Una revisión publicada en BMJ Nutrition, Prevention & Health analizó si el dióxido de carbono presente en el agua carbonatada podría influir en el metabolismo. El estudio plantea que el CO₂ podría favorecer levemente la captación de glucosa y su uso energético en los glóbulos rojos, pero el efecto sería tan pequeño que no puede considerarse una estrategia real para adelgazar. (PMC)
El posible beneficio más práctico está en la saciedad. Al generar sensación de llenura, el agua con gas podría ayudar a algunas personas a comer menos o evitar picar entre comidas. También puede facilitar la hidratación en quienes no disfrutan beber agua simple.
Aun así, los especialistas advierten que no debe verse como una “bebida quema grasa”. Para bajar de peso se requiere un conjunto de hábitos: alimentación equilibrada, control de porciones, actividad física, buen descanso y reducción de productos ultraprocesados.

También hay que considerar que no todas las aguas con gas son iguales. Lo ideal es elegir versiones sin azúcar, sin jarabes, sin exceso de sodio y sin saborizantes artificiales. Las bebidas carbonatadas dulces o tipo soda pueden aportar calorías y favorecer el aumento de peso.
En algunas personas, el gas puede causar hinchazón, eructos o empeorar el reflujo. Por eso, si genera molestias digestivas, conviene reducir su consumo o preferir agua natural.
En resumen, el agua con gas puede ayudar indirectamente si reemplaza bebidas azucaradas y mejora la hidratación, pero no adelgaza por sí sola. Su verdadero valor está en acompañar hábitos saludables, no en provocar una pérdida de peso automática.
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