La muerte del líder supremo de Irán, Alí Jameneí, ocurrida el 28 de febrero tras bombardeos coordinados por Estados Unidos e Israel, provocó reacciones dispares en la comunidad internacional.
Mientras Rusia y China cuestionaron la operación militar, varios gobiernos occidentales señalaron que su fallecimiento representa el fin de una etapa marcada por represión y tensiones regionales.
El presidente ruso, Vladímir Putin, calificó la muerte de Jameneí como un “asesinato” y denunció lo que describió como una violación cínica de las normas internacionales.
Desde Pekín, aunque la Cancillería evitó una condena directa, medios oficiales señalaron que la ofensiva conjunta de Washington y Tel Aviv podría desatar un ciclo de represalias que comprometa la estabilidad regional.
En contraste, la portavoz del Gobierno francés, Maud Bregeon, sostuvo que Jameneí fue un “dictador sanguinario” y afirmó que su desaparición no genera pesar. En la misma línea, el secretario de Defensa del Reino Unido, John Healey, señaló que “pocas personas llorarán” su muerte.
El primer ministro australiano, Anthony Albanese, expresó una postura similar, al indicar que el fallecimiento del líder iraní “no será llorado”.

Desde la Unión Europea, la jefa de la diplomacia comunitaria, Kaja Kallas, afirmó que el hecho marca “un momento determinante en la historia de Irán”, aunque advirtió que el escenario futuro es incierto.
Por su parte, Ucrania consideró que la muerte de Jameneí refleja un debilitamiento de la influencia rusa en la región y manifestó su respaldo a los países afectados por las acciones iraníes.
Jameneí ejerció como líder supremo desde 1989, sucediendo al ayatolá Ruhollah Khomeini. Durante más de tres décadas concentró el poder político y religioso en Irán, en un periodo caracterizado por tensiones internacionales, sanciones económicas y acusaciones de represión interna.
Su muerte abre un nuevo capítulo en la política iraní y redefine el equilibrio geopolítico en Medio Oriente.
