Al igual que en todo el mundo, Ecuador conmemoró el Día Mundial del Trabajo con marchas y proclamas. Pero al contrario de otros años, en este 2025 hay un elemento que faltaba: la esperanza.
Más por costumbre que por convicción, las principales centrales sindicales realizaron sus tradicionales caminatas, portando banderas y pancartas y rechazando lo de siempre: cualquier plan que huela siquiera a inversión privada. Justamente lo único que solucionaría a corto plazo lo que ellos mismos reclaman: el desempleo.
No ha sido la mejor época para el país a nivel económico. Después de varios años de recesión y sobreendeudamiento, se esperaba una recuperación. Pero vino la pandemia (2020), y con ella una caída estrepitosa en el Producto Interno Bruto (PIB) de más del 7%.
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Solo en ese periodo se perdieron cerca de 500.000 plazas de trabajo.
“Efecto rebote” se quedó corto

Los expertos anunciaron que, una vez superado el tramo más difícil del Covid, vendría el “efecto rebote”. Para Ecuador fue parcial, pues a duras penas pudo acercarse a los niveles prepandemia. Es decir, las cifras que manejaba en los años 2016, 2017, 2018 y 2019, ya marcados por restricciones y ajustes.
Después de un lustro de despilfarro, gracias al elevado precio del petróleo (2010-2015), llegó el momento de pagar la fiesta, a lo cual hubo que agregar el alto costo del terremoto de abril del 2016, que azotó en especial las provincias de Manabí y Esmeraldas.

Cuando el país recién empezaba a sacar la cabeza, un nuevo golpe llegó: la ola de inseguridad. Igual o peor que una epidemia, las “vacunas”, los asaltos, los secuestros y las extorsiones se cebaron con el aparato productivo. Los más afectados fueron los pequeños y medianos negocios, en vista de las amenazas de las bandas delictivas. Las opciones eran simples: o pagaban o eran asesinados. Y para pagar debían recortar gastos, o lo que es igual, despedir empleados.
El punto más bajo llegó a principios del 2023, coincidiendo con el fin del gobierno de Guillermo Lasso. El nuevo presidente, Daniel Noboa, recibió un país golpeado por el crimen en todos sus frentes.
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Lo más grave es que la situación económica, de por sí compleja, no era el único problema. Noboa tuvo que dirigir todos sus esfuerzos a frenar la inseguridad. Y cuando se apuntaba los primeros éxitos, otro grave golpe: la crisis eléctrica, producto de décadas de abandono y falta de mantenimiento.
Afortunadamente, su buena imagen internacional permitió el apoyo crediticio de los organismos multilaterales, y con ello una paulatina solución. Primero al tema eléctrico, que permitió terminar con 3 meses de racionamientos, y después con un relativo despegue. Pequeño, pero significativo.
Las cifras
Las cifras lo avalan. En el 2023 Ecuador cerró con una contracción. Es decir, un decrecimiento. En el 2024 se pudo revertir la tendencia, y a pesar de todos los obstáculos, llegamos a un crecimiento del 0,9%.

¿Qué nos espera en el 2025? De acuerdo al Banco Central, el país lograría un 2,8% de avance. De su lado, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional no son tan optimistas, si bien ratifican un crecimiento, pero en el nivel del 1,7%.
Traduciendo esas cifras, el nivel de empleo formal podría crecer en cerca del 2% al finalizar el año. Actualmente ronda el 34% de la Población Económicamente Activa (PEA), mientras cerca del 50% trabaja de manera informal, y el resto, un 16%, carece de puesto.
En el último trimestre del 2024, había 5,7 millones de ecuatorianos entre la informalidad y el desempleo.
Sin embargo, el ambiente ha mejorado poco a poco, en gran medida por los tratados de libre comercio con varios países, la simplificación tributaria y la esperanza de inversiones en sectores estratégicos.
Queda pendiente un tema fundamental: la obra pública. La construcción, en especial de grandes proyectos, tiene un impresionante “efecto resorte” en la economía. Carreteras y puentes son la clave para el desarrollo, y para brindar trabajo a miles de ecuatorianos.

