La ansiedad en niños y adolescentes está aumentando a un ritmo que preocupa a especialistas en salud mental. Más allá del crecimiento de los diagnósticos, el verdadero desafío es otro: los tratamientos tradicionales no funcionan en casi la mitad de los casos, lo que deja a miles de jóvenes sin una respuesta efectiva a su malestar.
Psicólogos y psiquiatras advierten que los enfoques más usados —como la terapia cognitivo-conductual estándar y algunos fármacos— no siempre logran los resultados esperados, especialmente en cuadros complejos o persistentes. Esto genera frustración en las familias y, en muchos casos, abandono del tratamiento.

Uno de los problemas centrales es que la ansiedad no se manifiesta igual en todos los niños. En algunos aparece como miedo intenso, en otros como irritabilidad, problemas de sueño, dolores físicos o bajo rendimiento escolar. Sin embargo, muchos abordajes siguen siendo uniformes, sin adaptarse a las particularidades biológicas, emocionales y sociales de cada paciente.
Por eso, los especialistas reclaman un cambio de enfoque: avanzar hacia tratamientos más personalizados, apoyados en la identificación de nuevos biomarcadores señales biológicas que permitan anticipar cómo responderá cada niño a una terapia específica. Esto podría mejorar el diagnóstico temprano y evitar largos procesos de ensayo y error.

El contexto actual también influye. La presión académica, el uso intensivo de pantallas, la incertidumbre social y los cambios en la dinámica familiar han creado un entorno que amplifica la ansiedad desde edades cada vez más tempranas.
Los expertos coinciden en que abordar este problema requiere una mirada integral: escuela, familia y sistema de salud deben trabajar de forma coordinada. La ansiedad infantil no es una fase pasajera que deba minimizarse, sino un problema de salud que, si no se trata adecuadamente, puede extenderse hasta la adultez.

