Año 2013. El cardenal argentino Jorge Bergoglio llega a Roma, para participar en el Cónclave convocado tras la renuncia del entonces papa Benedicto 16. Es uno entre muchos de los llamados a esta cita.
La premura le juega una mala pasada a Bergoglio. Nadie puede ir a recogerlo al aeropuerto, para llevarlo al Vaticano. Además, como tantas otras veces, viajó solo. Pero no es algo que le preocupa.
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Apenas pisa suelo romano, el cardenal sudamericano busca con tranquilidad un taxi, y lo encuentra de inmediato. Es un vehículo sencillo, conducido por Humberto Anniballi. El taxista lo recibe con amabilidad, sin inmutarse por su ropa eclesiástica. Después de todo, en la capital italiana es muy común ver religiosos en cada esquina.
La voz

Mientras conduce al Vaticano, Anniballi le pregunta al futuro pontífice si desea escuchar música. La respuesta es afirmativa. Cuando enciende el equipo del auto, suena una voz de mujer, y el conductor se estremece involuntariamente. Pertenece a su esposa, fallecida poco tiempo antes a causa de un cáncer.
El taxista no comparte ese detalle, sintoniza una melodía y sigue su camino. El rostro de su pasajero le parece muy interesante. Es muy plácido y lleno de virtud. Le pregunta su nombre, y Jorge Bergoglio se lo da. Un nombre que quedaría grabado para siempre en su memoria.

Finalmente llegaron a la Santa Sede. El pasajero paga la carrera y se despide con una sonrisa. Una sonrisa tan llena de paz, que el taxista nunca la olvidaría.
No podía creerlo

Pocos días después, al ver las noticias del Cónclave, no puede creerlo. Había tenido en su vehículo al futuro Papa Francisco. De hecho, sería el último taxista que lo serviría. Desde entonces, nunca más tomaría el pontífice un carro de alquiler.
Humberto Anniballi siguió su vida. Conoció a otra mujer y se casó de nuevo. Y durante una visita a la Plaza de San Pedro, vio de nuevo al Papa a lo lejos. Lo suficiente como para disfrutar de su sonrisa una vez más.
