La Marea Rosa es esa oleada de victorias electorales de candidatos izquierdas en Latinoamérica durante 1998. Y Estamos en lo correcto cuando mencionamos el nombre que lo comenzó: Hugo Chávez, en Venezuela. Le siguieron Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, El Salvador, Nicaragua, Paraguay, Uruguay y México.

La Marea Rosa es también conocida como el “giro hacia la izquierda» cuando se cambió la forma de gobernar en los países de América Latina. Y eran como el grupo de amigos dirigiendo sus respectivos países.
Previamente, durante los años 90, debido al colapso soviético, la democracia capitalista había triunfado en esta región. Los Estados implementaron políticas correspondientes al modelo neoliberal, como la liberalización del comercio, la desregulación y las privatizaciones, ante todo esto que rechazaban, surgió la marea rosa.
En 2005, un reportaje de la BBC señaló que tres cuartas partes de los 350 millones de habitantes de Sudamérica tenían gobiernos de orientación izquierdista.
Un rasgo común de esta ola fue la clara ruptura con Estados Unidos—el modelo de reformas económicas basado en mercados abiertos, privatizaciones y ajuste fiscal promovido desde los Estados Unidos en la década de 1990—, al que se opusieron, proclamando soberanía, con políticas de justicia social y una mayor participación democrática.
Estos gobiernos implementaron medidas como el aumento de pensiones sociales, salarios mínimos y la recaudación fiscal, lo que contribuyó a una reducción significativa de la desigualdad de ingresos en varios países durante lo que se conoce como la primera marea rosa.
¿ Por qué “marea rosa” ?
El término fue mencionado por primera vez en el año 2004, por el periodista Larry Rohter del New York Times, al referirse a la elección de Tabaré Vázquez en Uruguay como «no tanto una marea roja… más bien una rosa». La palabra «rosa» alude a un color asociado con corrientes socialistas más moderadas, en contraste con el «rojo» del radical comunismo. A los países que siguieron esta orientación política se les ha denominado en inglés Pink Tide nations, naciones de la marea rosa.
¿Por qué surgió la Marea Rosa?
Los expertos aseguran que la primera causa a corto plazo fue la desigualdad. En 2002, 221 millones de latinoamericanos, es decir, el 44% de la población de la región, vivían en la pobreza. En segundo punto, la legalización de la competencia electoral. Gracias a la transición a la democracia en América Latina, los partidos de izquierda pudieron competir por el poder, excepto en Cuba.

Algunos de los factores a corto plazo que precedieron a la ola inicial de victorias de la izquierda fueron las reformas neoliberales de los años noventa, así como las políticas de privatización. Estas medidas encontraron fuerte oposición. Por último, la crisis económica que tuvo ligar entre 1998 y 2002, que provocó el estancamiento de la mayoría de las economías y un aumento de la pobreza y el desempleo en toda la región.
A partir de la década de 2010, la marea rosa dio paso a una ola conservadora, entendida como una reacción política a la etapa anterior.
Este giro estuvo marcado por eventos como el golpe de Estado en Honduras (2009), la crisis política en Paraguay (2012), el deterioro de la situación en Venezuela, las protestas en Nicaragua (2018), y la renuncia de Evo Morales en Bolivia en 2019.
En este contexto, el Movimiento al Socialismo (MAS) en Bolivia sufrió una fractura interna que influyó en su derrota en las elecciones generales de 2025.
Sin embargo, desde inicios de la década de 2020 se ha observado la segunda marea rosa, con la llegada al poder de gobiernos de izquierda o centroizquierda en México (2018), Argentina (2019), Bolivia (2020), Perú (2021), Honduras y Chile (2021), Colombia y Brasil (2022), Guatemala (2023), y nuevamente en México y Uruguay en 2024.

La «marea rosa» contrarrestó la hegemonía de Estados Unidos, con su propia integración en la región, a través de: la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA) creada en 2004, la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) constituida en 2008 y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) fundada en 2010.
Pero… todo tiene su tiempo, como lo señala el politólogo alemán Detlef Nolte, «a pesar de la retórica de algunos presidentes, la marea rosa necesitaba, y no tuvo, un proyecto regional integral común sólido. Por un lado, estaban los proyectos subregionales como el Mercosur, la Comunidad Andina, SICA y luego la Alianza del Pacífico. Hubo el proyecto regional ALBA iniciado por Cuba y Venezuela. Y luego UNASUR, que fue impulsada principalmente por Brasil como un proyecto regional, pero al cual también se sumaron los demás gobiernos sudamericanos con diferentes intereses y compromisos.

La popularidad de estos gobiernos de izquierda se basó en su capacidad para utilizar el auge de las materias primas de la década de 2000 para iniciar políticas populistas, como las utilizadas por el gobierno bolivariano en Venezuela. Según Daniel Lansberg, esto dio lugar a «altas expectativas públicas con respecto al continuo crecimiento económico, los subsidios y los servicios sociales». Con China como aliada, que supo aprovechar las tensas relaciones con Estados Unidos y se asoció con los gobiernos de izquierda en América Latina.
A medida que los precios de las materias primas bajaron en la década de 2010, junto con el gasto excesivo en asistencia social con pocos ahorros por parte de los gobiernos de la marea rosa, las políticas se volvieron insostenibles y los partidarios se desencantaron, lo que finalmente llevó al rechazo de los gobiernos de izquierda.
Los analistas afirman que tales políticas insostenibles fueron más evidentes en Argentina, Brasil, Ecuador y Venezuela, que recibieron fondos chinos sin ninguna supervisión. Como resultado, algunos estudiosos han afirmado que el ascenso y descenso de la marea rosa fue el resultado de la aceleración y decadencia del ciclo de las materias primas.
Cabe anotar que, el ciclo de las materias primas en gobiernos de izquierda en América Latina se refiere a un patrón donde el auge de precios (impulsado por China y la demanda global en los 2000s) financió políticas sociales y gasto público expansivo, generando crecimiento económico, pero también dependencias y desincentivo de la inversión, así que, cuando los precios cayeron, se reveló la vulnerabilidad del modelo y el desgaste político para la izquierda.

El 5 de marzo del 2013, Hugo Chávez fallece tras una infección respiratoria contraída después de una intervención quirúrgica por el cáncer que le aquejaba. Nicolás Maduro le sucedería en la presidencia. A consecuencia de la muerte de Chávez, Venezuela quedó sin un líder claro, ya que Nicolás Maduro no tenía la misma influencia internacional de su predecesor. Posteriormente el 25 de noviembre del 2016 fallecería Fidel Castro. Con la muerte de Chávez y Castro, la «marea rosa» se quedó sin sus dos mayores pilares ideológicos.
A mediados de la década de 2010, la inversión china en América Latina también había comenzado a disminuir, especialmente después de la turbulencia del mercado bursátil chino de 2015-16.
En 2015, el alejamiento de la izquierda se hizo más pronunciado en América Latina, con The Economist diciendo que la marea rosa había disminuido, afirmando que 2015 fue «el año en que cambió la ‘marea rosa’»
En las elecciones presidenciales argentinas de 2015, el candidato favorito de Cristina Fernández de Kirchner para la presidencia, Daniel Scioli, fue derrotado por su oponente de centroderecha Mauricio Macri, en un contexto de aumento de la inflación, reducciones en el PIB y caída de los precios de la soja, que es una exportación clave para el país, lo que provocó caídas en los ingresos públicos y el gasto social.
El mismo año en Venezuela se celebraron elecciones parlamentarias, las cuales fueron ganadas por la oposición, lo que significó la primera derrota electoral del Chavismo en 17 años.
Después del estallido del escándalo de Caso Odebrecht, escándalo de corrupción que involucró a diversos mandatarios latinoamericanos con la constructora brasileña Odebrecht que fue acusada de realizar cohecho. Esto provocó el comienzo de un juicio político a la presidenta brasileña Dilma Rousseff, que culminó con su destitución del cargo. En Ecuador, el sucesor del presidente Rafael Correa fue su vicepresidente, Lenín Moreno, quien triunfó arropado por el endoso de votos en el 2017; una victoria que recibió una reacción negativa de la comunidad empresarial en el país y en el extranjero: sin embargo, después de su elección, Moreno dio un giro a la derecha, lo que resultó en que Correa lo llamara traidor.
En 2016, el declive de la marea rosa vio el surgimiento de una «nueva derecha» en América Latina, con The New York Times afirmando que «las murallas izquierdistas de América Latina parecen estar desmoronándose debido a la corrupción generalizada, una desaceleración en la economía de China y malas decisiones económicas».
A mediados de 2016, la Harvard International Review declaró que «América del Sur, un bastión histórico del populismo, siempre ha tenido una inclinación por la izquierda, pero la predilección del continente por el asistencialismo insostenible podría estar acercándose a un final dramático».
El candidato de extrema derecha Jair Bolsonaro fue elegido en Brasil en las elecciones generales brasileñas de 2018, proporcionando a Brasil su gobierno más derechista desde la dictadura militar.
Algunos países, sin embargo, se opusieron a la tendencia y eligieron líderes más de izquierda, como México con la victoria electoral de Andrés Manuel López Obrador en las elecciones federales de 2018 y Argentina, donde el entonces presidente de centroderecha Mauricio Macri perdió la reelección contra su rival de centroizquierda Alberto Fernández en las elecciones generales de 2019.
Este desarrollo se vio reforzado más tarde por la aplastante victoria del izquierdista Movimiento al Socialismo y su candidato presidencial Luis Arce en Bolivia en las elecciones generales de 2020.
Al mismo tiempo tuvieron lugar en toda América Latina protestas violentas contra las medidas de austeridad y la desigualdad de ingresos, como la crisis poselectoral en Honduras de 2017-2018, las protestas en Chile de 2019-2020, las protestas en Ecuador de 2019, las protestas de Colombia de 2019-2020 y de 2021, las protestas de Haití de 2019, las protestas de Honduras de 2019, las protestas de Perú de 2020, las protestas en Guatemala de 2020 y nuevamente, protestas de Ecuador de 2022.
Esta tendencia continuó a lo largo de 2021 y 2022, cuando varios líderes de izquierda ganaron las elecciones en América Latina.
En las elecciones generales peruanas de 2021, Perú eligió al líder sindical campesino Pedro Castillo con una plataforma socialista, derrotando a sus rivales de derecha. En las elecciones generales hondureñas de 2021 celebradas en noviembre, la izquierdista Xiomara Castro fue elegida presidenta de Honduras y semanas después el izquierdista Gabriel Boric ganó las elecciones presidenciales chilenas de 2021 para convertirse en el nuevo presidente de Chile.

Las elecciones presidenciales colombianas de 2022 fueron ganadas por el izquierdista Gustavo Petro, lo que lo convirtió en el primer presidente de izquierda de Colombia en los 212 años de historia del país.
Luiz Inácio Lula da Silva hizo lo mismo en octubre de 2022 al regresar al poder después de vencer por poco al entonces presidente Jair Bolsonaro.
En 2023, Guatemala eligió al centroizquierdista Bernardo Arévalo como su presidente.
En 2024, Claudia Sheinbaum ganó la presidencia mexicana de manera aplastante, lo que significo una continuación del gobierno de izquierda de Morena, y la victoria de Yamandú Orsi en Uruguay marcó un regreso al poder para el Frente Amplio.
Si bien un resurgimiento de la marea rosa pareció evidente, este nuevo ciclo muestra dificultades para consolidarse como movimiento regional, estando lejos de la estabilidad y el alcance geográfico del primer ciclo de gobiernos de izquierda durante la primera década del siglo XXI. Entre los eventos que constatan esta dificultad se encuentran:
La derrota de la propuesta de nueva constitución en el plebiscito chileno de septiembre de 2022, que fue seguida por la elección de un nuevo Consejo Constitucional con mayoría de representantes de la oposición derechista (Partido Republicano y Chile Seguro).
El fracaso del intento de autogolpe de Pedro Castillo en el Perú que fue seguido por la destitución del mismo mandatario el 7 de diciembre del 2022.
La evidente pérdida de apoyo popular del gobierno de Alberto Fernández por la alta inflación en su gobierno, seguido del holgado triunfo de Javier Milei en la segunda vuelta en las elecciones presidenciales de Argentina de 2023.
Las tensiones de tendencias políticas del Movimiento al Socialismo entre el expresidente Evo Morales y el mandatario en funciones Luis Arce, a tal punto que el partido oficialista expulsó de sus filas a Arce y había confirmado en un principio a Morales como candidato para las elecciones presidenciales bolivianas de 2025. Sin embargo, las consecuencias resarcidas tras la intentona golpista sumado a la crisis económica y de combustibles, hizo que la popularidad del presidente se deteriorara, por lo que declinó su candidatura y Evo Morales quedó inhabilitado para las elecciones de 2025 donde es investigado por estupro agravado con trata de personas.

La muerte cruzada decretada por el presidente Guillermo Lasso y la posterior derrota de la candidata correísta Luisa González en las elecciones presidenciales ecuatorianas de octubre de 2023 frente al candidato de derecha Daniel Noboa.
El arresto y condena de la expresidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner por casos de corrupción.
La derrota del Frente Amplio en las elecciones presidenciales de Chile de 2025 con la victoria del ultraconservador José Antonio Kast.
Los errores de la marea rosa
La realidad no se puede ocultar con retórica. La izquierda no solo está derrotada. Está sin proyecto, fragmentada, y atrapada en una disputa por el pasado. Inmersa en un baile de recriminaciones en un país que ya dio vuelta la página.
La izquierda se metió hasta con el lenguaje. Llegó a convencerse de que el lenguaje se impondría a la realidad. Que nombrar era, transformar. Que resignificar era desplazar estructuras. Que declarar una identidad equivalía a producir un sujeto. Hoy vale la pena poner en duda esa certeza. No porque el lenguaje no importe —importa y mucho—, sino porque cuando se sobredimensiona, cuando se lo convierte en sustituto del conflicto, del poder y de la transformación material, lo que se debilita no es solo la política: se debilita la capacidad misma de disputar la realidad.
Cuando una sociedad deja de transformarse y se limita a declararse, se vuelve débil. El sujeto deja de construirse, deja de endurecerse, deja de atravesar conflictos reales. Pasa a definirse solo por lo que dice ser. Eso no fortalece: eso fragiliza.
Otro error, aún más grave: negar la razón de fuerza. La izquierda se convenció de que basta con creer tener la razón, que basta con denunciar, funar, cancelar, moralizar. Pero el poder no funciona así. Mandan los liderazgos que no juegan al debate, sino al orden, la disciplina, la decisión y la eficacia.
El control ofrece estructura, dirección, mando. Y frente a un mundo caótico, un electorado cansado termina eligiendo estructura, aunque eso cueste libertades.
Todo conglomerado busca autoridad, porque eso significa estructura y dirección. Por eso hoy no gana quien mejor cuestiona al poder, sino quien demuestra ejercer mejor el poder.
La marea golpea a la roca, que pese a todo, sigue siendo roca.
El triunfo de figuras relevantes para la derecha política regional como José Antonio Kast en Chile o Rodrigo Paz en Bolivia —que puso fin a dos décadas del Movimiento al Socialismo de Evo Morales y Luis Arce— muestran que la región se encuentra ante un escenario distinto. Estas derechas intentan mostrarse más pragmáticas y han llegado al poder a lomo de la búsqueda de soluciones a problemas elementales que son responsabilidad del Estado: seguridad y economía.
El año electoral inició en Ecuador, con la reelección de Daniel Noboa desplazando a la candidata del correísmo Luisa González. A pesar de sus múltiples dificultades en la gestión de la crisis de violencia que azota al país y problemas en servicios públicos clave como la electricidad y el agua, Noboa logró retener el gobierno. Sin embargo, fracasó en su intención de aprobar vía referendum varias propuestas estructurales, como convocar una Asamblea Constituyente, eliminar el financiamiento público a los partidos, permitir bases militares extranjeras y reducir el tamaño del Parlamento.
Este nuevo periodo representa un desafío enorme para la gestión de Noboa, un aliado de Donald Trump en la región.

El caso más emblemático ocurrió en Bolivia, donde el triunfo de Rodrigo Paz (Partido Demócrata Cristiano) abre una nueva etapa orientada a un modelo promercado, menos estatista y más favorable a la inversión privada.
En Honduras, el regreso del Partido Nacional con la victoria de Nasry Asfura refleja el desgaste del proyecto del izquierdista LIBRE y la presidenta Xiomara Castro, sobre todo por el impacto de la inseguridad y el narcotráfico.
Chile cerró el ciclo electoral de 2025 con un apabullante triunfo de José Antonio Kast sobre la comunista Jeannette Jara. Kast, además, se muestra como una figura afín a Donald Trump. En los tiempos que corren, así como ya lo ha hecho Javier Milei en Argentina, representa un alineamiento que modifica el panorama geopolítico.
Avance de la derecha
En el balance regional de 2025 se evidencia el fortalecimiento de las llamadas “nuevas derechas” en varios países. Se trata de fuerzas políticas que combinan un discurso de orden y seguridad, la promesa de mano dura contra el crimen y el narcotráfico.
A diferencia de las derechas tradicionales, estos proyectos no siempre se estructuran en partidos históricos, sino que suelen adoptar formas personalistas, populistas o disruptivas. Por ejemplo, Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador o Daniel Noboa en Ecuador.

La continuidad
En 2026 habrá elecciones en Costa Rica, Colombia, Brasil y Nicaragua, mientras que en 2027 habrá presidenciales en Argentina, El Salvador y Guatemala.
En paralelo, Donald Trump presentó su Estrategia de Seguridad Nacional y corolario de la Doctrina Monroe, documentos en los que muy explícitamente señala que está dispuesto a colaborar con gobiernos que son afines.
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