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Guayaquil vive su VIII Sínodo con fe y unidad

Imagen de Por: Milena Palacios

Por: Milena Palacios

Ultima actualización: 2025-08-26 09:02:55

En Guayaquil, la fe y la esperanza se dieron cita el 25 de agosto con la inauguración del VIII Sínodo Arquidiocesano, un evento que no ocurría desde hace 27 años y que hoy regresa como un espacio de escucha, participación y compromiso con la sociedad.

La ceremonia de apertura, celebrada con una Eucaristía presidida por el Nuncio Apostólico en Ecuador, Mons. Andrés Carrascosa, marcó el inicio de un camino que busca mucho más que revisar estructuras internas de la Iglesia: pretende tender puentes con una ciudad y un país que claman por paz, unidad y justicia en medio de la pobreza, la violencia y la exclusión.

El Cardenal Luis Cabrera, arzobispo de Guayaquil, hizo un llamado directo al corazón de los presentes:

“Nos aprestamos a vivir un nuevo Kairós. Jesús nos recuerda: el Reino de Dios está cerca. De nosotros depende ser canales de gracia o muros de obstáculo. Es hora de decirle a los pesimistas que Dios sigue obrando de manera sencilla, a través de quienes creen, esperan y aman”.

Una Iglesia que quiere caminar con la gente

Este Sínodo no es un evento cerrado. Laicos, jóvenes, familias, sacerdotes y consagrados participan juntos, con la convicción de que la Iglesia no está fuera ni por encima de la sociedad, sino dentro de ella, compartiendo sus luchas y sueños.

Durante las sesiones se reflexionará sobre cómo fortalecer la participación de todos en la misión evangelizadora, cómo aprender a escucharse y discernir juntos, y cómo crear estructuras que hagan de la sinodalidad un estilo de vida, no solo una teoría.

Un impacto más allá de los templos

Se espera que este proceso deje frutos concretos: consejos pastorales más transparentes, una Iglesia abierta al mundo digital, un compromiso real con los migrantes, los enfermos, los privados de libertad y los jóvenes sin oportunidades, así como un diálogo fraterno con la sociedad civil y otras religiones.

El VIII Sínodo se convierte así en un recordatorio de que la fe no es solo rezar, sino también escuchar, dialogar y comprometerse con el bien común. Es la oportunidad de volver a soñar con una ciudad donde la esperanza tenga más fuerza que la desesperanza.

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