La salud cognitiva no depende de una sola actividad, sino de varios hábitos sostenidos en el tiempo. Entre los más importantes están dormir entre siete y nueve horas, mantenerse físicamente activo y seguir una alimentación equilibrada. El National Institute on Aging señala que estos factores pueden contribuir a conservar la capacidad de pensar, aprender y recordar a medida que pasan los años.
Otro cambio útil es incorporar ejercicio de manera regular, especialmente actividad aeróbica combinada con fuerza. La actividad física beneficia la salud cardiovascular y también se ha asociado con cambios favorables en regiones cerebrales relacionadas con la memoria. Las recomendaciones generales para adultos apuntan a unos 150 minutos semanales de actividad moderada, adaptados a la condición de cada persona.
También conviene mantener el cerebro activo mediante aprendizaje, lectura, música, escritura, juegos que exijan razonamiento o nuevas habilidades, además de conservar una vida social activa. La OMS incluye la estimulación cognitiva, la participación social, evitar el tabaco, moderar el alcohol y controlar factores como hipertensión, diabetes y colesterol entre las medidas asociadas con una menor probabilidad de deterioro cognitivo.
No existen rutinas capaces de garantizar que una persona evite la demencia, pero pequeños cambios acumulados pueden marcar una diferencia. La OMS estima que una proporción importante del riesgo está vinculada a factores modificables, por lo que cuidar el sueño, la alimentación, el ejercicio, la actividad mental, las relaciones sociales y la salud cardiovascular sigue siendo una estrategia razonable para proteger el cerebro a largo plazo.
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