Donald Trump, polémico, amado y también odiado (Fotos: AFP News) Donald Trump no es indiferente a nadie. Lo quieren o lo odian, a veces un poco más o un poco menos. Y esa controversia que lo envuelve, le ha valido un nuevo periodo presidencial. Sí, Trump es el presidente número 47 en la historia de Estados Unidos. También fue el 45, con el demócrata Joe Biden de por medio. Extraña secuencia de ser sucedido y precedido por el mismo hombre, algo solo visto en el país casi siglo y medio atrás. LEER TAMBIÉN: Satisfacción y optimismo en el Gobierno Nacional por acuerdo arancelario con EEUU LEER TAMBIÉN: Trump difunde imagen con IA, conquistando Groenlandia Y desde el primer día de su segundo mandato –hace justamente un año, el 20 de enero del 2025-, ha demostrado que las decisiones controversiales son lo suyo. Aranceles y migración Trump ha decidido que los países que no estén alineados a Estados Unidos, deben pagar las consecuencias. Y la forma de proceder es donde más duele: en el bolsillo. Una de sus primeras acciones globales fue incrementar los aranceles a ciertas naciones, como medida de presión. En algunos casos, hasta el 50%, como sucedió con Brasil. En el caso de Ecuador, con quien Washington mantiene una relación en extremo cordial, el alza fue al 20%, y después revocada tras una intensa negociación diplomática. El gobierno republicano no ha tenido empacho en usar el tema arancelario y el bloqueo económico, como medidas de presión. Tras ratificar las sanciones contra Rusia, por la guerra contra Ucrania, hizo lo propio con China, llevando las tensiones al límite. En el caso de Moscú, ha logrado al menos un ligero acercamiento, con miras a negociar la paz. Sin embargo, el proceso permanece por ahora estancado, debido a la renuencia rusa a ceder los territorios ucranianos conquistados por las armas. Más suerte tuvo con Medio Oriente, donde presionó para que el grupo islamista Hamás, aceptara una tregua con Israel, tras casi 2 años de feroces combates, y una crisis alimenticia y sanitaria de enormes proporciones en la Franja de Gaza. La captura de Maduro La tensión con Venezuela tuvo otro matiz. Tras una permanente acusación contra el dictador Nicolás Maduro, a quien señalaba a veces como integrante y en otras ocasiones como cabecilla, del denominado “Cartel de los Soles”, Trump presionó progresivamente. Su intervención, respaldada por una formidable flota en el Mar Caribe y en el Océano Pacífico, fue estrechando poco a poco el cerco sobre el mandatario chavista, que se negaba a dejar el poder. Finalmente, el 3 de enero, una incursión militar llegó a Caracas y se apoderó de Maduro y de su esposa, Cilia Flores. Ambos son enjuiciados en una corte de Nueva York, por una amplia variedad de cargos. La relación de Trump con el nuevo gobierno venezolano, todavía socialista, es tirante. La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, acepta o niega las presiones de Washington, de acuerdo a de dónde sopla el viento, pero a la larga cedió en los puntos neurálgicos: administración petrolera y liberación de presos políticos, si bien no al ritmo que prometió inicialmente. La transición no se aprecia fácil para Venezuela. Washington no confía del todo en los líderes de la oposición –María Corina Machado y Edmundo González- y prefiere tratar, al menos por ahora, con el chavismo. Tanto así, que Trump llegó a definir a Rodríguez como “una mujer fantástica”. Este 2026 debería ser el año que decida si la patria llanera recupera su democracia, luego de un cuarto de siglo de socialismo, o si todavía debe esperar. Migración El combate a la migración ilegal es otra de las banderas de lucha de la administración Trump. Por sus órdenes directas, se realizan redadas en todo el país, que tienen como culmen la expulsión inmediata de los indocumentados. LEER TAMBIÉN: Desde el 21 de enero EE. UU. exigirá fianza para visas de turismo LEER TAMBIÉN: Estados Unidos suspende el procesamiento de visas de inmigrante para 75 países Una política que genera rechazo incluso dentro de autoridades estatales, que se niegan a aceptarla. Ya son varios los casos de agentes locales enfrentando a los del ICE –agentes migratorios federales-. Los operativos no le dan buena prensa al gobierno republicano. Familias separadas y encerradas en jaulas, y deportaciones masivas sin opción de despedida, han generado cuestionamientos. Trump insiste en la supremacía del ciudadano norteamericano, sin derecho al reclamo ni a clemencia. Groenlandia El episodio más grave, y a la vez más chusco, tiene que ver con la ambición del mandatario estadounidense, de anexar oficialmente Groenlandia a su país. Se trata de una gigantesca isla situada en el Atlántico, frente a la costa norteamericana. Mide más de 2 millones de kilómetros cuadrados, pero su clima gélido provoca que apenas tenga 57.000 habitantes, con muy pocos espacios poblados. Groenlandia pertenece a Dinamarca, si bien tiene un gobierno autónomo. Para Trump, es de vital importancia para Estados Unidos por razones de seguridad. Ya intentó un acercamiento con miras a comprarla, y recibió como respuesta un “no” rotundo. Intentó un trato similar con la población groenlandesa, y no fue mejor. De hecho, la Unión Europea en pleno se unió en su contra. Es una apuesta arriesgada para el polémico presidente. De Europa proceden sus aliados más sólidos a nivel económico y militar (Alemania y Francia, entre otros), y no le conviene entrar en un conflicto con ellos. Sus argumentos, hasta ahora, no han tenido mucho peso. Señala que Rusia o China podrían invadir la isla, pero no hay señal alguna de que exista tal disposición. Su futuro El futuro de Trump, y por ende de Estados Unidos, no parece mostrar muchos cambios. Por ahora la economía del país permanece estable –un gran logro- pero mucho dependerá de que Rusia y China sigan en horas bajas. Trump, ya de 79 años, es el mandatario en funciones más longevos en la historia de su país. Curiosamente, supera a su predecesor y antecesor, Joe Biden, que se retiró a los 78.